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Dejó de trabajar a los 30 para dedicarse a sus hijos. Una vez que entraron a la universidad, buscó qué hacer. Con su esposo compró una cafetería que estaba a punto de quebrar. Sus hijos son ahora sus aliados, sus vecinos también. Este año cumple una década al frente de su negocio, este año abre su octavo local

A los 18 años era secretaria de la presidencia de un banco. A los 30 decidió que más importantes eran sus hijos, y a ellos se abocó. Una década atrás asumió Delicass, la cafetería a la que durante dos largos años un grupo de socios se había dedicado a darle vida para que, en ocho meses, ya no diera para más. Javier Chávez la compró. Asumió sus activos y pasivos. Liliana Olivieri, su compañera de aventuras, se hizo cargo; y la revolucionó. Delicass es hoy una cadena de siete establecimientos y en breve inaugurará uno más. Todo empezó en la sanisidrina calle Dasso. Ella aún no termina de creer todo lo que ha logrado.

Cuando la llamé para contactarla me preguntó si estaba seguro de querer entrevistarla. ¿Por qué?

Es que a veces no te das cuenta (ríe)… Me parece un sueño haber logrado tanto… Cuando dicen: “Ella es la dueña de Delicass”; yo digo: “¡Qué les dices ‘la dueña de Delicass’! ¡Ni lo conocerán!”. Pero la gente me contesta: “Sí, lo conozco”. Entonces te sientes satisfecha de haber logrado algo, ¿no?

El 2000 asumió esta empresa y, en solo diez años, está por abrir su octavo local.

Hay un señor al frente que me dice: “Es raro que una persona, a tu edad, pueda haber logrado lo que tú has logrado”. Él es un analista económico bien trome, y ha visto nuestro proceso; y como te digo: Yo ni cuenta me doy… Pero es una satisfacción personal.

¿Cómo empezó todo? Porque este local fue abierto el 99 y, al octavo mes, estaba por quebrar.

Sí. No supieron administrarlo. Además, en este tipo de negocios es muy difícil tener socios, porque cada uno jala para su lado…

Precisamente, su esposo era socio de uno de los socios de Delicass en otro negocio, y se lo ofrecieron en venta.

Hizo el estudio de factibilidad, hizo todo -porque él es economista-, y dijo: “Si se trabaja bien, sí funciona”. Y si no, pues no era mucha la inversión.

Lo compró con la idea de volverlo a vender.

Él, sí. Pero yo vine, comencé a trabajarlo y dije: “No, esto es para mí”. Yo quería hacer algo. Además, en ese momento yo pasaba por una situación personal muy difícil: acababan de fallecer mi papá y mi hermana. Era terrible, y esto me ayudó muchísimo; ni un tratamiento psiquiátrico ni psicológico me habrían ayudado tanto a soportar todo lo que tuve que vivir en esos años.

Había trabajado desde los 18 en un banco y, a los 30, cuando esperaba a su segundo hijo, decidió dejarlo para cuidar a sus niños.

Ya nuestra situación estaba mejor. Uno tenía 4 años y estaba por nacer la otra, y como mi esposo viajaba bastante, dijimos: “Mejor va a ser así”.

Había trabajado desde siempre, ¿qué significó dejar de hacerlo?

Estaba con mis hijos. Yo soy muy mamá gallina, para mí eso era muy importante. Yo necesitaba estar con ellos.

¿En qué momento comenzó a extrañar ese otro mundo laboral?

Cuando sientes que ya no eres indispensable para ellos, cuando ves que ya pueden valerse por sí mismos… Creo que me demoré mucho en darme cuenta (ríe). Debí hacerlo antes. Pero, bueno, lo hice en el momento que creí oportuno.

Había pasado buen tiempo, la labor de una secretaria ya no era la de antes. ¿Cuál era su idea? ¿Buscar trabajo?

No. Yo siempre dije: “Un negocio”. Yo le decía a Javier: “Lo que sea”; y Delicass cayó en el momento preciso. Es como si hubiera caído del cielo, por eso le agarré tanto cariño… Y decidimos ir al Jockey (Plaza, donde al año siguiente abrieron su segundo local) porque como aquí en Dasso ha habido miles de ‘huequitos’ que se han ido a la quiebra –el Davory, El Pico de Oro, D’onofio…-, yo pensé: “Eso nos puede pasar a nosotros”; así que hablé con Javier porque en el Jockey estaban ampliando una plazuela, pero los administradores nos decían: “¡Pero a ustedes nadie los conoce! A lo mejor no les va a ir bien”. “¡Sí nos va a ir bien!”. Y ahí estamos.

Si este café abrió el 99 y en menos de un año estaba a punto de quebrar, ¿por qué a ustedes tenía que irles bien?

Porque no puedes tener socios en un negocio como este. Acá te metes tú, no despilfarras la plata, cambias la administración. La administración era yo, se establecieron los parámetros, qué era lo que se tenía que pagar, en qué gastábamos. Yo no tenía secretaria. Hasta ahora, quien me asiste en eso es mi jefa de Compras (ríe)… Quizás ya es hora de ir cambiando, pero eso fue lo que nos permitió crecer.

Usted trabajaba de seis y media de la mañana a nueve de la noche.

Y ahorita estamos igual, porque desde las seis de la mañana te están llamando: que se malogró esto, lo otro; que se olvidaron de llevar… Y somos nosotros los que vemos todo. A veces le digo a Javier: “¿Lo vendemos todo?”. “¿Y qué hacemos después? ¿Nos echamos a morir?”.

¿Cómo entender que le haya propuesto eso a su esposo?

Es que a veces te cansas, a veces te da cólera… No sabes. Es bien difícil.

Bueno, el hecho es que hizo bien las cosas, porque en menos de un año ya estaba abriendo su segundo local.

Y ya casi sin deudas. Todo lo reinvertíamos.

Su hijo creció, se hizo abogado…

Trabajaba en el Estudio Ferrero, veía el área minera; y cuando estábamos por abrir el cuarto local, y como yo no voy a ser eterna y estábamos creciendo un montón… Uf, fue un pleito, porque Javier me decía: “¿Cómo lo vas a jalar para que trabaje en una panadería? Él es abogado, ¡para eso lo hemos hecho estudiar!” (ríe)…

¿Y usted qué le respondía?

“¡Qué tiene, pues!”. Y mi hijo me dijo: “Bueno, mamá”. Es que ya se veía, ¡estábamos creciendo! Y ahora él lo ha modernizado todo. Aunque aún le cuesta convencerme de un montón de cosas (ríe), pero ya todo lo tenemos automatizado.

Su hija es arquitecta y es quien le ha dado identidad a la estructura de sus locales.

Ella le ha dado el nuevo concepto, porque ella me decía: “A ti no te identifica nada, ¡todos tus locales son diferentes!”. Ahora, ya no. Ahora tenemos un concepto. Ahora toda la familia está involucrada.

¿Y usted cree que todo se reduce a su pasión por atender a la gente?

Eso es importante, sobre todo para el público de acá (de Dasso). A ellos les gusta que esté acá, que converse con ellos. Además que son gente muy agradable, pero no puedes conversar todo el día ¡porque también tienes que atender otras cosas!

Si bien hay una atención personalizada que gusta, ¿cómo hace si ahora tiene siete locales?

Eso se da solo en Dasso. Mi hijo se va todos los días a las Begonias, a la hora del almuerzo –¡es el boom!-, y por la tarde se va al Jockey, a San Miguel, se da vueltas por todos los locales.

¿Qué siente al ser considerada ya parte del barrio, de la gente, del vecindario?

Y sobre todo no siendo de acá, porque nosotros vivimos en Surco. Cuando estuvieron remodelando Dasso nuestros clientes siguieron viniendo, a pesar de los desmontes, de que todo estaba en escombros. ¡Ellos nos ayudaron un montón! No sé qué decirte… Mira, cuando abrió San Antonio (el local que está en la Av. Angamos), todo el mundo nos decían: “Van a quebrar”. Sí, nos dio miedo. Todavía no teníamos todos estos locales. Pero los clientes nos decían: “No”. ¿Tú sabes que a veces venían y se pasaban horas aquí? Y solo para hacer ambiente, porque la gente va ¡adonde hay gente! Si tienes un local vacío, la gente no entra. Es por eso es que acá tengo las fotos de todos ellos... Tan amorosos. Son personas que vienen todos los días, a toda hora…

Su abuelo es italiano. Tuvo cuatro hijos. Todos menos su papá tuvieron panadería.

Sí (ríe), y me gustaba, porque yo he estado en contacto con la panificación desde chica. En las mañanas iba con mi abuela a una de las panaderías que estaba cerca del colegio, y –una chancha- me comía todo lo que podía (ríe)… Y si bien no me dejaban entrar mucho, entraba a ver esos fogones enormes, los hornos rotativos, a sentir el olor a torta, ¡era fascinante!

Hay quienes dicen recordar olores. El olor a pan debe ser una constante en su vida.

A pan, ¡a panetón! Y ahora tú también vas a salir de aquí oliendo a empanada, que esta hora lo que salen son empanadas.

En menos de diez años, ocho locales. ¿Cuál es el futuro de Delicass?

Tenemos que parar un poquito la mano. Al menos hasta tener la planta ya bien instalada. Además, yo ya estoy de salida. Una tiene que reconocer sus limitaciones…

Pero no creo que se vaya a alejar por completo de esto, ¿no?

No, porque como te dije: sería echarme a morir.

FICHA

Nombre: Liliana Antonieta Olivieri Ruiz de Chávez.

Colegio: Hizo la primaria en el América del Callao y, la secundaria, en el San Jorge de Miraflores.

Estudios: Secretaria ejecutiva de la Graduate Secretarial Academy.

Edad: 62 años.

Cargo: Gerenta general de Inversiones Reixa SAC (dueña de Delicass).

Delicass

Cafetería que Liliana y su esposo compraron el 2000. Estaba por quebrar. Hoy es una cadena de establecimientos que está por abrir su octavo local.

Crecimiento

Dos de sus locales atienden las 24 horas. Da empleo a unas 200 personas. Vienen implementando su planta. Facturan al mes un promedio de S/. 900 mil.

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