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El lado oculto de Carlos Pereira, presidente de Bon Breads Baking Co. Inc.

No pues, le podía gustar pero no era bueno para eso. Carlos tenía dos pies izquierdos. Adiós fútbol. De padre taurómaco, ya había iniciado la carrera de Derecho cuando chapó su micro y tocó la puerta en Acho. “¿Acá hay una escuela de toreros?”. Sin que el taurómaco lo supiera, durante un año practicó toreo de salón. Un día, en Mamacona, un amigo de su padre lo vio frente a un vaquillón. Una vez en casa, papá lo cuadró. “Pero, ¡si a ti te gusta el toreo!”, se defendió. “A mí me gusta ver a los payasos en el circo, eso es muy diferente a ver a mi hijo como un payaso”. Ahora que es padre, Carlos dice entender a papá.

Siempre fue movido. De ello puede dar fe el comandante Mongrut, el director de su colegio.

El verano previo a que iniciara tercero de media, entró a su oficina. “¡Qué haces aquí, Pereira, todavía no han empezado las clases!”. “No me quería ni un poquito”, ríe Carlos. Estaba ahí para pedirle un favor. Un amigo le había dicho que el Leoncio Prado era lo máximo, pero tenía un problema: estaba jalado en conducta. Ni bien Mongrut se enteró de su intención, ordenó que le pusieran 18. No, pues, no lo quería volver a ver.

Algo parecido ocurrió en casa, pues como ya siguiendo Derecho no se le iba de la cabeza el ser torero, papá no lo pensó dos veces y lo apoyó en su idea de partir a Las Vegas a seguir Administración de Hoteles y Casinos. Sí, allá, Carlitos dejaría de fregar.

AMOR, AMOR

Antes de partir, fue a casa de Katia. Ella lo recuerda clarito: “Fue un día antes de mi cumpleaños, me trajo un regalo. Mi enamorado estaba adentro, le deseé que le vaya bien. “Un día tú te vas a casar conmigo”, me dijo. “Sí, Carlos Pereira, claro que me voy a casar contigo, ja, ja, ja”. Abro el regalo, y era un anillo de compromiso”.

Higuereta. Él dice que se conocieron a los 14, ella lo corrige; sus papás le han contado que fueron juntos al nido. El reencuentro fue en un quinceañero. Él no tardó en enamorarla. “Pero yo no tenía permiso para tener enamorado, ¡y a mí me daba terror desobedecer a mi papá!”. “No tienes idea de cómo es mi suegro”, ríe él.

Ambos tenían 20 cuando Carlos partió. Se perdieron el rastro. Cuatro años después, Katia viajó a México por trabajo, visitó a una tía en Los Ángeles, ella le planteó ir a Las Vegas. Se acordó que ahí estaba él, lo llamó. Se vieron de viernes a domingo. Katia regresó a Los Ángeles, Carlos fue tras ella. “Me pidió matrimonio”. Llamó a Lima. “Mami, adivina qué: me voy a casar”. “¡Con quién!”.

“Una vez que lo hagas, no hay marcha atrás”, le advirtió. Ellos, que ahora amasan una fortuna en Las Vegas, tienen tres hijos y 14 años de casados. Daniel, el mayor, no vino con pan bajo el brazo, sino con una panadería, celebran papá y mamá.

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